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El terremoto no solo agrietó edificios. También dejó al descubierto cómo estamos asegurando nuestros bienes.
El terremoto del pasado 10 de agosto fue extraordinario. Con magnitud 7,4 y epicentro en San José del Palmar, Chocó, fue el sismo de mayor magnitud registrado en Colombia en lo corrido del siglo XXI. Un mes después, las aseguradoras habían recibido más de 68.000 reclamaciones y las pérdidas aseguradas reportadas se estimaban en $3,7 billones.
El mercado asegurador colombiano está respondiendo. Y eso es importante decirlo. Las compañías cuentan con reservas, mecanismos de reaseguro y exigencias de solvencia diseñadas precisamente para enfrentar eventos catastróficos de esta naturaleza.
Pero después de varias semanas acompañando a clientes, empresas, familias y copropiedades en sus reclamaciones, hemos encontrado algo que vale la pena compartir.
Tener seguro no necesariamente significa estar bien asegurado.
Y estamos hablando de quienes sí tenían una póliza, que ya son una minoría: Fasecolda estima que apenas alrededor del 9,3 % de las viviendas del país cuenta con algún tipo de seguro de hogar.
Entre los asegurados que hemos acompañado, hay tres situaciones que han resultado especialmente frustrantes y que creemos que todos deberíamos conocer antes del próximo terremoto, no después.
Cuando una persona lee que su seguro tiene un deducible del 2 % o del 3 %, normalmente piensa que está asumiendo una fracción muy pequeña de la pérdida.
Pero en terremoto esto puede funcionar de manera muy distinta.
En varias pólizas, el porcentaje se calcula sobre el valor asegurado o asegurable definido en el contrato, y no simplemente sobre el valor del daño. Históricamente, incluso la Superintendencia Financiera ha documentado pólizas de terremoto con deducibles entre el 1 % y el 3 % de la suma asegurada; los clausulados actuales pueden establecer bases distintas, por lo que hay que leer cada póliza.
Si una copropiedad tiene un edificio asegurado por $5.000 millones, un deducible del 2 % puede representar $100 millones. Uno del 3 %, $150 millones.
Ahora imagine que el terremoto ocasionó daños por $130 millones.
La copropiedad tenía seguro. Pagó su prima. El terremoto estaba cubierto. Pero con determinado esquema de deducible, la indemnización puede ser mínima o incluso inexistente.
Ese es uno de los momentos más difíciles de explicar después de un siniestro.
El problema no necesariamente es que el seguro no haya funcionado. El problema es que nadie convirtió ese “2 %” en pesos antes de comprarlo.
Un buen intermediario debería hacerlo.
Este probablemente es el aprendizaje que más debería preocupar a los empresarios.
Una compañía puede tener perfectamente asegurados su edificio, su maquinaria, sus equipos y sus inventarios y, aun así, sufrir una pérdida económica devastadora.
¿Por qué?
Porque mientras se repara la planta, se habilita nuevamente un local o se consigue maquinaria de reemplazo, los ingresos pueden disminuir o desaparecer, pero buena parte de los costos continúa.
Nómina. Arrendamientos. Créditos. Gastos administrativos. Compromisos con proveedores. Clientes que hay que recuperar.
Para eso existe el seguro de lucro cesante o interrupción del negocio. Fasecolda lo define precisamente como la protección frente a las pérdidas producidas por la interrupción de una actividad y advierte que para una empresa no basta con asegurar solamente sus instalaciones.
Hay un dato del terremoto que nos llamó poderosamente la atención. En el balance sectorial con corte al 7 de septiembre aparecen 63.786 reclamaciones asociadas a terremoto, hogar e incendio y solamente cinco reclamaciones clasificadas en lucro cesante, aunque estas últimas representaban una reserva cercana a $33.900 millones.
El dato no permite concluir cuántas empresas tenían o no esta cobertura, pero sí muestra la enorme diferencia entre las reclamaciones por daños físicos y las registradas bajo interrupción del negocio.
Por eso nuestra recomendación a cualquier empresario es muy simple:
Pídale siempre a su intermediario que le cotice lucro cesante.
Después podrá decidir si lo compra o no. Pero debería conocer cuánto cuesta y, sobre todo, cuánto tiempo podría mantener viva su empresa si mañana deja de facturar.
Porque en una catástrofe, a veces la pérdida por no poder operar termina siendo mayor que el valor de los bienes destruidos.
Hay otro costo del terremoto que no se ve en las fotografías de los edificios afectados.
Una vivienda puede seguir existiendo y, sin embargo, permanecer inhabitable durante semanas o meses.
El propietario que vive allí tendrá que pagar alojamiento o arrendar temporalmente otro inmueble. Y quien tenía la propiedad arrendada puede dejar de recibir el canon durante todo el tiempo que dure la reparación.
Ese gasto puede ser considerable.
Algunas pólizas de hogar contemplan alojamiento temporal o pérdida de ingresos por arrendamiento, pero no debe suponerse que todos los seguros lo incluyen ni que todos ofrecen los mismos límites o períodos. El alcance depende de lo efectivamente contratado.
Incluso existen productos que diferencian expresamente entre el canon dejado de recibir por el propietario y el costo de alojarse temporalmente en otro inmueble.
Por eso la pregunta correcta no es solamente:
“¿Mi casa está asegurada contra terremoto?”
También debería ser:
“Si mañana no puedo vivir en ella durante seis meses, ¿qué pasa conmigo?”
Y para un arrendador:
“Si mi inmueble queda inhabitable, ¿quién reemplaza el ingreso que dejaré de recibir?”
Entonces, ¿qué significa realmente estar mal asegurado?
No siempre significa no tener una póliza. Muchas veces significa tener una póliza que fue contratada sin revisar suficientemente el riesgo.
En términos prácticos, nosotros revisaríamos especialmente:
Esto no es solamente una buena práctica comercial. El Código de Comercio exige declarar sinceramente las circunstancias relevantes del riesgo y establece consecuencias para las reticencias o inexactitudes materiales; también prevé que cuando un bien está infrasegurado, en principio la indemnización puede reducirse proporcionalmente, salvo que se haya pactado de otra manera.
Y la ubicación tampoco es un detalle administrativo. En terremoto es una variable técnica del riesgo: la regulación exige a las aseguradoras recopilar información que incluye valor asegurado, valor asegurable, ubicación geográfica, deducibles y otros elementos necesarios para modelar su exposición catastrófica.
Sería una conclusión equivocada.
Este terremoto está demostrando justamente para qué existe el seguro. Decenas de miles de personas y empresas han presentado reclamaciones y las aseguradoras ya comenzaron a transferir recursos para reparar viviendas, comercios y copropiedades.
La lección es otra.
Porque después del terremoto hemos confirmado algo que quienes trabajamos en seguros deberíamos repetir mucho más:
la póliza importante no es la más barata ni la que tiene más páginas. Es la que, después del peor día, permite que una familia vuelva a su casa y que una empresa pueda seguir existiendo.
Y eso se define mucho antes del siniestro.



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